Los futuros que vienen (Introducción)

Información general sobre este libro

Créditos y reconocimientos

Este libro fue escrito en 2010 por David de Ugarte, socio del Grupo Cooperativo de las Indias, quien lo cede al dominio público.

La maquetación y el diseño de la edición en papel son obra de Beatriz Sanromán y Beto Compagnuci que también ceden su aportación al dominio público.

Sin la orientación y crítica de Juan Urrutia, Natalia Fernández y María Rodríguez, socios del Grupo Cooperativo de las Indias, y la discusión y el trabajo cotidiano de toda la comunidad indiana, este libro nunca habría visto la luz.

Qué puedes hacer con este libro

Puedes, sin permiso previo de los autores y editores, copiarlo en cualquier formato o medio, reproducir parcial o totalmente sus contenidos, vender las copias, utilizar los contenidos para realizar una obra derivada y, en general, hacer todo aquello que podrías hacer con una obra de un autor que ha pasado al dominio público.

Qué no puedes hacer con este libro

El paso de una obra al dominio público supone el fin de los derechos económicos del autor sobre ella, pero no de los derechos morales, que son inextinguibles. No puedes atribuirte su autoría total o parcial. Si citas el libro o utilizas partes de él para realizar una nueva obra, debes citar expresamente tanto a los autores como el título y la edición. No puedes utilizar este libro o partes de él para insultar, injuriar o cometer delitos contra el honor de las personas y en general no puedes utilizarlo de manera que vulnere los derechos morales de los autores.

El capitalismo que iba a venir

La promesa de la globalización

A finales de los 80 la relación entre libertad económica y libertades políticas parecía incuestionable. ¿Quién podía negar que en la perspectiva del Este europeo democracia, desarrollo y capitalismo iban de la mano? La masacre de Tiananmen lejos de negar el marco general parecía confirmarlo, los aires reformistas y las demandas democráticas, se decía, emergían de la naciente prosperidad que se palpaba ya en los polos experimentales de libre mercado.

Fuera del mundo comunista, las transiciones taiwanesa y coreana parecían reafirmar la idea: las libertades económicas y el libre comercio eran la puerta al desarrollo y la matriz de fuertes movimientos de reforma democrática que a su vez generaban marcos institucionales favorecedores de más capitalismo y más desarrollo. Democracia, desarrollo y capitalismo parecían tan inseparables como evidentes. Fukuyama lanzaba su libro El fin de la Historia1 y la Era Clinton inauguraba el que se preveía como gran tema del nuevo siglo: la globalización.

El término comenzó a usarse masivamente en los años noventa. En aquella década, tras el derrumbe del bloque soviético y el desarrollo de las políticas reformistas de Deng Xiao Ping en China, las economías socialistas comienzan su integración en el mercado mundial. El proceso consiguiente reacelera las tendencias a la integración en el antiguo bloque occidental: en 1993 la Comunidad Europea alcanza la integración plena de mercado y se convierte en Unión Europea con el compromiso de mercado único consensuado con el Tratado de Maastricht, en 1994 se firma el acuerdo de libre comercio entre EEUU, México y Canadá, en 1995 se funda finalmente la OMC. La emergencia de nuevas potencias que ahora, quince años después, estamos viendo es consecuencia directa de aquel acelerón del proceso de integración económica global.

Pero lo que a vista de pájaro parece una auténtica Belle Epoque también mostró los primeros síntomas de una descomposición sistémica. La misma caída del bloque soviético no puede ser relatada de otra forma. A pesar de las huelgas salvajes del movimiento obrero en Polonia en el 70, 76 y 81, a pesar de la resistencia no violenta de la intelectualidad checa e incluso de la guerra afgana, no fue la conformación de un nuevo sujeto político al estilo de los de la épica histórica del siglo XX lo que derribó al bloque socialista. De hecho no fue derribado de ninguna manera. Simplemente se descompuso para sorpresa de todos. Tony Judt2 describe muy bien la estupefacción de las propias élites opositoras, conscientes de vivir en un entorno donde

La mayoría de la gente vivía en una especie de «zona gris», un lugar seguro, pero sofocante, en el que el entusiamo había sido sustituido por el asentimiento. Era difícil justificar una resistencia activa y plagada de riesgos contra la autoridad, porque, una vez más, para la mayoría de la gente común, resultaba innecesaria. Lo más que cabía esperar eran «actos realistas, no heroicos». En líneas generales los intelectuales hablaban entre sí en lugar de dirigirse al conjunto de la comunidad.

Era la primera vez que un bloque económico y político se desmoronaba. Es más, se descomponía desde su mismo centro, incapaz de mantener la economía y las relaciones sociales en marcha.

La URSS, cuya economía dirigida se orientaba a mantener la carrera armamentística con EEUU, venía dependiendo desde los años setenta del comercio de granos con sus enemigos teóricos para poder mantener su abastecimiento interno. El sistema -en teoría cerrado- era incapaz de sostenerse económicamente sin recurrir al comercio internacional, y la población, políticamente inane, simplemente no se creía ya los incentivos socialistas y se acomodaba discretamente en las grietas del sistema. «Ellos hacen que nos pagan y nosotros hacemos que trabajamos» solía bromearse. Los ochenta es la época de los conseguidores, el mercado negro, las epidemias de alcoholismo y el absentismo laboral masivo.

Continuará…

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