Lo que se avecina. 4- Inclusión

Promover y adaptarse
al crecimiento de las
economías en desarrollo


Michael Spence
Es profesor de Economía en la Escuela de Empresa Stern de la Universidad de Nueva York, distinguido miembro visitante del Consejo de Relaciones Externas, Investigador Principal de la Institución Hoover de la Universidad de Stanford y Presidente del Consejo Académico del Instituto Internacional Fung, fue galardonado con el Premio Nóbel de Economía en 2001.

 


LOS RETOS apremiantes para la economía mundial abundan, pero en mi opinión el más destacado es dar espacio al crecimiento de economías en desarrollo y llevar a término el proceso de convergencia que comenzó después de la Segunda Guerra Mundial. Esto encierra la promesa no solo de una drástica reducción de la pobreza, sino también de más oportunidades de llevar vidas saludables, productivas y creativas para el 85% de la población mundial que experimentó un crecimiento económico significativo por primera vez en la época de la posguerra.


Esta expansión gigantesca de la inclusión podría ser la característica decisiva del siglo. Pero lograr que ocurra es más fácil en la teoría que en la práctica.
La inclusión requerirá un cambio de mentalidad, políticas de respuesta e instituciones, tanto nacionales como internacionales.
El objetivo es que los beneficios del ascenso del mundo en desarrollo se distribuyan de la manera lo más amplia posible, incluso en un momento de profundas transiciones que están alterando los precios relativos, transformando profundamente la estructura económica de las economías tanto avanzadas como en desarrollo y cambiando la distribución del ingreso y la riqueza.
Si prospera, el proceso de convergencia triplicará el tamaño de la economía mundial en los próximos 25 a 30 años, y aún más si tomamos como base el comienzo del proceso de convergencia —1950— en lugar de la actualidad.
Emprender ese recorrido, sin ajustar el uso mundial de los recursos naturales, hará que el crecimiento se enlentezca hasta detenerse o, lo que es peor, terminará en un fracaso catastrófico llegado un punto de inflexión ambiental o ecológico.
La sostenibilidad del medio ambiente es esencial para dar cabida al ascenso del mundo en desarrollo.
Todas las economías descansan sobre un cimiento de activos tangibles e intangibles.
A menudo se puede sustentar el crecimiento durante algún tiempo aun cuando la inversión es insuficiente y esos activos disminuyen o al menos no cambian, pero esa situación no puede mantenerse indefinidamente.
Estamos tomando conciencia de que el capital natural representa una importante subclase de activos que sirven de base para la economía mundial.
Una inversión insuficiente en capital natural no solo le restará calidad al crecimiento, sino que terminará socavándolo o incluso empujándolo a territorio negativo.
Es por eso que la labor actual de medición del capital natural representa un paso importante hacia la adopción de patrones de crecimiento sostenible a escala mundial.
Segundo, se plantean cuestiones de distribución.
En las economías avanzadas, las fuerzas de mercado tecnológicas y mundiales están reduciendo o eliminando cada vez más empleos mediante la automatización, la eliminación de intermediarios y la deslocalización en cambiantes cadenas mundiales de suministro.
Como este cambio es tan veloz, los mercados laborales están desequilibrados; el capital humano no puede seguirle el ritmo a la evolución de la demanda de la economía mundial.
Apresurarse a retomar el equilibrio es algo que reviste gran prioridad para el crecimiento y la distribución equitativa prácticamente en el mundo entero. Y aun si esto ocurriera más rápido que ahora, las desigualdades persistirían.
Por el momento, no existe un consenso sobre cómo lidiar con las distintas formas de desigualdad.
Hay quienes piensan que corresponde centrarse en la pobreza y dejar que los resultados del mercado decidan el resto.
Otros se preocupan por los perdedores absolutos —los jóvenes desempleados, por ejemplo— y la distribución de la carga, especialmente después de fuertes shocks económicos como los acaecidos en los últimos tiempos.
Hay también quienes se concentran en las pérdidas y las ganancias absolutas y relativas, y hacen hincapié en las absolutas.
A pesar de estas diferencias, la mayoría de las sociedades, avanzadas y en desarrollo, comparten el deseo de que exista una movilidad ascendente intergeneracional. En este caso, las tendencias varían según el país, y en muchos son preocupantes.
Si las tecnologías digitales que ahorran mano de obra y capital y favorecen al trabajador calificado son tan poderosas como muchos creemos, incrementarán drásticamente la productividad.
No está tan claro, al menos no en los países de alto ingreso, que el “sobrante” deba dedicarse a la producción y al consumo de más bienes y servicios. Quizá debería destinarse a expandir el ocio.
Y quizá la semana laboral se acorte en promedio (o debería acortarse). Si así ocurre, necesitaremos indicadores del bienestar más exhaustivos que el valor total de los bienes y servicios adquiridos en operaciones de mercado contabilizables.
Esta evolución no funcionará si el modelo de empleo se mantiene sin cambios, con una mayoría que trabaja a tiempo completo en el sentido tradicional y una creciente minoría que está desempleada.
Pasando a la estabilidad y la coordinación internacional de la política económica, sería injusto caracterizarlas como un fracaso.
El Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio fue decisivo para abrir la economía mundial, nivelar el campo de juego y facilitar el crecimiento de las economías en desarrollo.
Los gobiernos y los bancos centrales efectivamente cooperan en situaciones de crisis y realizan aportes positivos cruciales.
Y las instituciones financieras internacionales han contribuido mucho a la reducción de la pobreza y la estabilidad económica de las economías emergentes, dando muestra de flexibilidad en las políticas al comprender cada vez mejor el comportamiento de la economía mundial y los sistemas financieros.
Pero la reforma de la estructura de gobierno de estas instituciones ha quedado rezagada con respecto a la evolución del tamaño y la influencia relativos de las grandes economías emergentes.
Eso les resta credibilidad y autoridad y, por lo tanto, capacidad para coordinar políticas. Segundo, particularmente en el ámbito de las finanzas y la política monetaria, los efectos de contagio en gran medida no han captado la atención de las grandes entidades normativas nacionales, cuyo mandato les exige centrarse en la esfera interna.
Las autoridades parecen estar regulando los núcleos de redes individuales sin prestar atención a los efectos globales de esas decisiones y a los circuitos de interacción.
La gobernabilidad supranacional eficaz es, en el mejor de los casos, una tarea inconclusa. No hay más que mirar a la Unión Europea y la zona del euro para tener idea del reto que supone alinear la regulación y la gestión macroeconómica con la creciente interdependencia de la economía mundial o de algunas de sus partes. Las cuestiones de base son la soberanía, la identidad y la autodeterminación democrática.
Nuestros hijos y nietos vivirán en una economía mundial más grande, más interconectada y equitativamente distribuida en términos de masa y potencia económica, y heterogénea con respecto a los niveles de ingreso, las etapas de desarrollo y las culturas.
Aprender a hacer lo necesario para que el avance sea sostenible, estable y equitativo es el gran reto económico para todos los países —avanzados o en desarrollo— y sus ciudadanos.

 

Concluye: Desigualdad

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