Las maras en El Salvador, un doble Poder.

Hace algunos años, cuando mencionábamos Las Maras, nos referíamos a pandillas juveniles que operaban en algunos barrios de la capital y otras ciudades de importancia poblacional. En esos días no se les veía como estructuras de delincuencia organizada, aunque se señalaba el riesgo de que pronto se estuvieran conectando con el crimen organizado.

En esos días surgieron las primeras voces de alarma. Se desarrollaron importantes estudios donde se demostraba, que si este problema no se atendía a tiempo, se volvería mas complejo y difícil de enfrentar.

Según el Periódico digital “El Faro. Net”, el fenómeno de las Maras está bastante estudiado en El Salvador. Incluso, se señala, que es casi el único tema que se ha abordado con seriedad en cuanto a la amplia temática de problemas que enfrenta la juventud salvadoreña.

Pero lamentablemente nunca se tomaron las medidas necesarias para enfrentarlo y buscarle rutas de solución. Muchas propuestas se hicieron, pero ninguna se implementó. Muchos pequeños, pero valiosos esfuerzos de desarrollaron, sin apoyo de las autoridades gubernamentales. Solo pequeñas ayudas internacionales, muchas veces a través de las iglesias, acompañaron estos esfuerzos.

Como siempre nos pasa, ahora el problema se vuelto incontrolable. Las Maras pasaron de ser, organizaciones de pandillas juveniles, que cometían actos delincuenciales menores, para convertirse en la columna vertebral del fenómeno delincuencial del país.

A esta “evolución” no solo ha contribuido la ausencia de políticas gubernamentales de prevención e incorporación de la juventud a la sociedad; también ha jugado un rol de primera magnitud, el modelo socio económico implementado en El Salvador, desde principios de los años noventa.

El actual modelo económico, excluyente, concentrador de riqueza en un pequeño grupo de familias, que nos desnacionaliza en aras de convertir Centroamérica en una plataforma de servicios, comercio, exportaciones maquileras y servicios financieros; no da cabida a las aspiraciones de millones de salvadoreños, incluyendo nuestra juventud.

La consecuencia, es que las Maras han dejado de ser las clásicas pandillas juveniles, para convertirse en otra cosa, cuantitativa y cualitativamente diferente.

Ahora las Maras son verdaderas organizaciones que controlan áreas importantes del territorio nacional, especialmente en las grandes ciudades. Las Maras tienen una estructura organizativa compleja y eficiente para el desarrollo de sus actividades. Las Maras tienen mandos claramente establecidos con unidad de propósito y claridad de objetivos.

El control del territorio que ejercen las Maras es eficiente, prácticamente toda la población que habita en sus “Zonas de control” siente de manera permanente su presencia y está bajo su mando e influencia. Además cobran impuestos, irónicamente, con mas eficiencia que el mismo gobierno.

Los medios de comunicación han publicitado mucho el impuesto que las Maras cobran a los empresarios de buses, pero en la realidad, todos los negocios, pequeños, medianos y algunos grandes, que están ubicados en sus “zonas de control” les pagan impuestos con regularidad.

Hay lugares donde las Maras decretan el “Estado de Sitio”. Obligan a los habitantes a estar en sus casas durante las noches y nadie puede salir a las calles después de ciertas horas.

Pero además las Maras han creado su propiia “cultura”, que se expresa en su lenguaje propio de palabras y señas. Generan valores (que podríamos tipificar de anti-valores) y los inculcan dentro de sus miembros. Con esto crean códigos propios de conducta.

Además tienen armas e infraestructura. Nadie sabe con precisión cuantas armas y de que tipo están en posesión de ellos, pero son suficientes para mantener el control del territorio y desarrollar multiples acciones delictivas.
Se han vinculado al narcotráfico, especialmente en la distribución de la droga para el consumo en sus territorios. Con esto se convierten en el principal vehículo orgánico de lo que denomina el “narco menudeo”.

Han creado una red de comunicación internacional con otras pandillas y grupos similares de la región y de los EUA. A partir de estas redes de comunicación obtienen recursos, asesoramiento e información.

Puede parecer exagerado lo que voy a concluir, pero si le ponemos pensamiento, veremos que estoy diciendo algo real: LAS MARAS SE HAN CONVERTIDO EN UN PEQUEÑO ESTADO, DENTRO DE OTRO ESTADO.

Controlan territorios en los cuales gobiernan y cobran impuestos. Decretan sus propias leyes y códigos de conducta. Son portadores de una cultura propia. Tienen organización, recursos, mandos y claridad de propósitos. Se han convertido en el embrión de un Estado.

Paradójicamente, El Estado salvadoreño se ha venido debilitando, como resultado de las medidas que conlleva el actual modelo económico. Ahora el Estado salvadoreño tiene menos facultades, menos recursos y menos incidencia. Es un Estado mas débil.

Esto lo hicieron para favorecer los negocios de una oligarquía local, que se regionalizaba y necesitaba reducir el Estado para que no le estorbara. Pero al mismo tiempo fue elemento catalizador del desarrollo de las Maras.

La consecuencia está a la vista, el Estado salvadoreño ha fracasado en enfrentar el problema delincuencial. Ahora los salvadoreños no tenemos quien nos defienda. El gobierno simplemente no sabe ya que hacer, a tal grado que ni siquiera en publicidad está gastando.

Ha fracasado la política de garrote, de creer que podían enfrentar únicamente con medidas represivas un complejo problema socio económico. Cuando se habla con altos funcionarios de la seguridad publica, reconocen en privado, que no saben que hacer, que están totalmente rebasados por la acción delincuencial, al grado que no se castiga ni el uno por ciento de los delitos que se cometen. Lo único que se les ocurre, a estos altos funcionarios, es que debemos de declarar al país en estado emergencia nacional, que debemos de declarar el Estado de Sitio, la Ley Marcial y la Suspensión de las Garantías constitucionales. Es decir, mas garrote. No han aprendido la lección.

Desde estas páginas tenemos meses de venir hablando de este fenómeno, hemos hecho propuestas de diverso tipo, pero al igual que las que hacen otros, se quedan en el vacío. Pero seguiremos insistiendo.

Estoy convencido que solo una verdadera política de Estado, que involucre a todos los sectores y que vea el problema en su integralidad, puede ser útil en estas circunstancias. Ha llegado el momento en que este tema, sea quizás, el mas importante del debate nacional sin exclusiones que tanto urge en el país. Esta amplia reflexión debe involucrar a todos los partidos políticos, a las organizaciones sociales, las iglesias, las instituciones de vecinos, los empresarios. Solo unidos lo podremos enfrentar.

De no hacerlo, la vorágine delincuencial nos irá consumiendo. Pronto surgirán los grupos de exterminio, que creen que “muerto el chucho se acaba la rabia”, esto nos llevará a una nueva guerra fraticida.

Ojala estuviera exagerando, pero es el sombrío futuro que veo para todos los salvadoreños.

Ayutuxtepeque, lunes, 28 de agosto de 2006.

 

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