El poder y su vínculo dialéctico con la arrogancia

Por: Francisco Quintanilla

Max Weber citado en Martín Baró (1989), a la hora de hablar del fenómeno del poder, dice que el poder permite a quien lo posee imponer su voluntad a los otros. Esta imposición, se puede realizar en forma sofisticada o en forma burda. En forma sofisticada, si utiliza para su imposición mecanismos con algunas dosis de racionalidad; en forma burda, si utiliza mecanismos profundamente irracionales, que van desde las amenazas, pasando por la tortura física o psicológica hasta llegar a las guerras militares.

Martín Baró (1989), en su libro Sistema, grupo y poder, valiéndose de los aportes de Michel Foucault, sostiene que el poder posee tres características esenciales: primero, el poder se da en las relaciones sociales; segundo, se basa en la posesión de recursos, y tercero produce un efecto en la misma relación.

Con respecto a la primera característica, para que el poder surja, exista y se desarrolle, ineludiblemente deben entrar en relación por lo menos dos personas. De hecho, la persona como ser humano, no pudo existir y desarrollarse como humano, si no hubiese existido seres con prototipos bilógicos humanos similares con quien interactuar, es decir, si no hubiese entrado en relación al menos dos seres con prototipos bilógicos similares. Lo que cada ser humano históricamente ha llegado a ser como tal se explica en función de su vertimiento en los demás y de los demás en él. En este vertimiento mutuo, es donde surgió, se desarrolló y ha cobrado existencia históricamente tanto el ser humano como el poder mismo.

En cuanto a la segunda característica, es decir, que el poder se basa en la posesión de recursos, se refiere, a que alguien (persona, grupo, pueblo, nación o imperio) tiene algo que otros necesitan. Este recurso que alguien tiene, puede ser un recurso material natural o una creación material o espiritual del ser humano. En el caso de los recursos naturales, por ejemplo, el agua, el petróleo, cualquiera de los elementos que forman parte de la tabla periódica en química, etc.; en el segundo caso, se tiene, por ejemplo, la tecnología en sus múltiples formas de expresión, el conocimiento filosófico, científico, religioso, etc.

La posesión de cualquiera de los recursos en sus dos categorías, su posesión por parte de alguien, puede conducir a este último a utilizar tal posesión en dos sentidos: positivo o negativo. Positivo, cuando utiliza tal posesión para contribuir que otras personas individuales, grupales, pueblos o naciones enteras satisfagan sus necesidades como seres libres y en proceso permanente de liberación. Negativo, cuando alguien utiliza la posesión de un determinado recurso para imponer su voluntad a los que necesita dicho recurso, robándoles hasta su dignidad, reduciéndolos a cosas, a objetos, a mercancías.

La imposición puede lograrla el que es “dueño” de un determinado recurso utilizando medios sofisticados o no físicos como mecanismos para aterrorizar a todos los que necesitan dicho recurso o utilizando medios más voraces como sometiendo a alguien por medio de las armas, por medio de la guerra militar, hasta lograr que los que se oponen termine doblegándose a la voluntad del “dueño” de tal recurso.

Un recurso importante a destacar, es el conocimiento científico y filosófico que, como recurso no material, se ha traducido muchas veces en la historia de la humanidad, en recursos materiales o en estrategias de dominación.

Estados Unidos, como imperio desde hace muchas décadas comprendió que el conocimiento significa poder, pero lamentablemente poder no para contribuir a que la humanidad se libere y logre cada vez mayores dosis de bienestar y de libertad, sino poder para dominar a la mayor parte de la humanidad, o a la humanidad total. Por esta razón los gobiernos estadounidenses y las clases más poderosas económicamente que están detrás de estos gobiernos, invierten anualmente miles de millones de dólares en investigación científica, para tener cada vez una mayor capacidad de hacer que todos los demás pueblos del mundo hagan lo que dicta su voluntad. Por supuesto, hay y ha habido otros imperios, que se han conducido igual o en forma similar al imperio estadounidense.

En cuanto, a la tercera característica del poder, es decir, los efectos que el poder provoca en la relación que el ser humano establece con otros seres humanos, que unos pueblos establecen con otros pueblos, que unas naciones establecen con otras naciones.

Al respecto, es necesario hacer mención del fenómeno de la metamorfosis que se produce en un sujeto individual, grupal, poblacional o en una nación entera cuando pasa de no tener poder, a tener poco o mucho poder, la forma como se vincula con los demás cambia radicalmente. Este cambio radical, de nuevo puede ser en sentido positivo o en el sentido negativo. En el sentido positivo, es que el que tiene poder, lo utilice para posibilitar en la relación que establece con los demás, que estos últimos sean más capaces de lograr su liberación en todo y con todo su esplendor. En el sentido negativo, cuando el poder se apodera del que tiene poder, lo doblega, lo ciega, lo vuelve arrogante y lo usa para producir en los otros mayores grados de esclavitud.

La arrogancia, ciega y ensordece al que tiene el poder, hace que la dosis de modestia o de sencillez que tenía (si es que la tenía) y que manifestaba en la forma como se relacionaba con los demás cuando no tenia poder, sufra un cambio radical no sólo de forma, sino que también de esencia. En los cambios de forma, se expresan en la forma de vestir, de caminar, de hablar, etc. En los cambios de esencia, se expresan sobre todo en los cambios de actitud, de pensamiento y de comportamiento. Ya, a los demás no los ve como personas sino como objetos, sin capacidad de pensar ni de sentir, de producir pensamiento, ni de opinar, ya que un objeto no piensa, no siente ni opina.

En función de esta última idea, abordemos, el concepto de arrogante o de arrogancia. Arrogante proviene del latín arrogans, arrogatis. Ser arrogante significa ser altivo, altanero, jactancioso, prepotente, engreído. Por ejemplo, es arrogante quien cree ser un experto en todos los temas no siéndolo, y que, en consecuencia, no tiene interés en escuchar otras opiniones científicas o filosóficas, ni mucho menos opiniones de la gente común y corriente, desprecia las opiniones de los demás. Un arrogante, con frecuencia, no se da cuenta que, con su actitud, que con su postura ofende a otras personas.

El arrogante, cree que posee algo que otras personas necesitan, y que por lo tanto tiene el poder para imponer su criterio, su opinión, y que los criterios, opiniones y conocimientos de los demás no tienen valides ni sentido, son en otras palabras una estupidez.

El arrogante, tanta es su estreches de pensamiento, que no es capaz ni de escuchar las opiniones de otros ni mucho menos respetarlas, aunque no esté de acuerdo con ellas. El hecho que otro opine de forma diferente, lleva a considerar al que tiene el poder, que el otro no sólo opina de forma diferente, sino que es su enemigo, en otras palabras, el que no piensa como yo está conta mí, es mi enemigo. Esta última idea, en las relaciones que se han establecido entre países poderosos y países débiles, se ha considerado como un principio que sustenta la dominación de los primeros sobre los segundos. Los segundos en consecuencia, por más que hablen sus gobiernos de que poseen soberanía, es lo que menos tienen.

Si el lector, va siguiendo con mucho detenimiento la lectura de las anteriores ideas, ya se habrá percatado, que poder y arrogancia son dos fenómenos que están dialécticamente relacionados, ya que el poder, ya sea económico, político, científico, religioso o de cualquier otro tipo no orientado para hacer el bien, enferma al que lo posee, lo vuelve ciego, sordo, fanático y un profundo arrogante, y esta última, conduce a que la persona que tiene poder quiera tener a un más. En otras palabras, a mayor poder que enferma mayor arrogancia y a mayor arrogancia mayor poder enfermizo.

Los gobiernos que conducen los destinos de un país, de un pueblo, se les crea el escenario de caer en las garras de un poder enfermizo y por lo tanto de una alta dosis de arrogancia. La mejor manera, de resistir caer en esta telaraña de poder enfermizo y de arrogancia, es no dejarse envolver por sus aduladores que siempre les están diciendo lo que sus odios quieren escuchar, más bien siempre, sus oídos y sus ojos deben estar abiertos a los clamores populares, les guste o no lo que manifiesten esos clamores.

El pensamiento de un líder que dirige los destinos de un país, debe ser capaz, como lo diría Ignacio Ellacuría, procesar razonadamente la razón popular. En este procesar razonado de la razón popular, encontrará el mejor antídoto del poder que ciega y ensordece y de la arrogancia que menosprecia el conocimiento popular y cosifica la esperanza de todo un pueblo que ansía construir una sociedad con mayores dosis de libertad.

Parece entonces, que pueblos empobrecidos como los países latinoamericanos, sus líderes, deben ser capaces de combinar la democracia participativa con la democracia representativa, es decir, ser capaz, de combinar la democracia horizontal con la democracia vertical. La primera para escuchar la sabiduría popular y construir desde ella, las decisiones más sabias a favor ese mismo pueblo que clama mayores grados de libertad y de soberanía, y la segunda, para tomar y ejecutar las decisiones populares, les guste o no a los opositores de cualquier gobierno.

Entonces, es el pueblo quien no sólo conducen a los buenos gobiernos, sino quien se salva a sí mismo, ningún gobernante salva al pueblo, más bien el pueblo salva, condena o destituye a sus gobernantes.

En El Salvador, la mayoría de miembros dirigentes de los dos partidos más grandes que habían existido desde la firma de los llamados acuerdos de paz hasta antes de las elecciones presidenciales realizadas el 3 de febrero del presente año, ejecutaron sus gobiernos presidenciales, legislativos y municipales con dosis profundas de un espantoso verticalismo arrogante que los llevó a no sólo olvidar sino más radicalmente a negar la existencia de quien debería ser su horizonte, su brújula: el pueblo, las mayorías populares. La dirigencia de ARENA y los dueños de este partido político no sólo se volvieron arrogantes, ya eran arrogantes siguiendo su naturaleza. La máxima dirigencia del FMLN se volvió arrogante, negando su naturaleza. Es decir, los primeros son los que son afirmado su naturaleza y los segundos se volvieron en lo que son, negando su naturaleza.

Como decían nuestros abuelos y abuelas, para muestra un botón: la obsesión política del presidente de la Asamblea Legislativa de este país, de querer construir un edificio de un lujo exorbitante, a costa de sacrificar la construcción de nuevas escuelas, para aquellos miles de niños y niñas que recibe clases a la intemperie, no es más que un reflejo de la sordera y ceguera profunda a que lleva el ejercicio del poder “iluminado” con la aureola de la arrogancia, de la prepotencia. Obsesión apoyada lamentablemente por los diputados del FMLN y de otros partidos.

La arrogancia empoderada lleva a los falsos líderes, a ignorar que, así como en este país los gritos, los clamores vienen de los más empobrecidos, también a nivel mundial estos clamores, estos gritos de mayor justicia, de mayor libertad provienen de los países de abajo, del sur de este mundo, donde se concentran fundamentalmente los pueblos más empobrecidos, y no del norte donde se concentran los países más enriquecidos a costa del empobrecimiento y sufrimiento de los países del sur.

En función de toda la anterior reflexión, el presidente electo de El Salvador, debe cuidarse, tanto de las adulaciones y de los aduladores como también de la arrogancia, ya que ambas, adulaciones y arrogancia, conducen a que un dirigente no se convierte en líder o deje de serlo, conducen a que sólo mire y oiga pero no sea capaz de ver y escuchar los clamores y exigencias populares, que como se ha dicho, constituyen el horizonte, la brújula más que política e ideológica, humana de todo auténtico líder de un pueblo deseoso de participar en la construcción de su propio destino libre y liberador, humano y humanizador.

Para terminar con esta reflexión, me hago y le hago una pregunta a lector ¿quién es un mal agradecido? Una diputada del FMLN, dijo en un programa de noticias, que el pueblo era un mal agradecido, ya que no le agradeció al gobierno del FMLN todo lo que le había “regalado”: paquetes escolares, el vaso de leche, los zapatos, etc. Esta diputada y personas como ella, no han entendido varias cosas, entre las cuales están: primero que esos supuestos “regalos”, no vienen de sus bolsillos si no de los impuestos que le aplican al mismo pueblo, por lo tanto no existen tales regalos; segundo, que la dignidad y la conciencia de todo un pueblo y su capacidad de elegir a sus gobernantes es un fenómeno inalienable; tercero, el pueblo no necesita que se le apliquen exclusivamente medidas asistencialistas, sino acciones que permitan progresivamente que el mismo pueblo sea autogestor de su propia vida y de su propio destino, y cuarto, confunde esta diputada, que el mal agradecido no es el pueblo, sino ellos como gobernantes, que se olvidaron de este pueblo, en el cual reside y se concentra la razón de ser y de existir de todo movimiento o grupo revolucionario. Entonces el mal agradecido no fue el pueblo, si no la mayor parte de la dirigencia del FMLN que le negaron y le anularon a este partido su esencia revolucionaria que el mismo pueblo les regaló: EL MAL AGRADECIDO OLVIDA A QUIEN LE HA AYUDADO, SÓLO EL CAER EN LA MISERIA LE REFRESCARÁ LA MEMORIA. Hoy que ya cayeron en la miseria, han comenzado de nuevo a acordarse del pueblo.

22/02/2019

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