Capacidad de perdonar de la historia. Parte 1

Por: Francisco Quintanilla

Algunos podrían creer al ver las grandes barbaridades que ocurren en cada momento histórico, en cada coyuntura de la sociedad mundial, de la sociedad nacional y en cada momento de la realidad institucional universitaria, que la corrupción ya cobró su máximo grado de expresión. Sin embargo, se equivocan rotundamente, la corrupción igual que cualquier manifestación de la realidad natural y social, espacial o terráquea, cambia constantemente.

La corrupción, como proceso, tiene al igual que el pensamiento y toda la subjetividad humana, una doble dimensión: ser determinado y la vez indeterminado.

En lo que respecta, a la dimensión determinada implica que la corrupción no existe y no se engendra al margen de los condicionamientos históricos y sociales, sino que de alguna forma es un reflejo y una producción de los procesos corruptibles de desintegración de la integridad y dignidad humana cargadas por los poderes económicos y políticos estructurales en cada época y en cada sociedad concreta, de tal forma que estos procesos van llevado al ser humano a que acepte la corrupción como una forma necesaria de vivir y de relacionarse, que sustituye fácticamente y “legalmente” las relaciones dignas e íntegramente humanas.

La corrupción la van convirtiendo progresivamente esos poderes económicos y políticos, en un estilo de vida, que se considera por los corruptores y por los corrompidos, como algo históricamente necesario e imprescindible en la vida humana y en las relaciones que se establecen con sus semejantes y con sus anti semejantes.

En lo referente, a la dimensión indeterminada, implica que la corrupción, una vez engendrada, se va hipostasiando, va cobrando cierta autonomía de sus condicionantes históricos: económicos y políticos, de sus creadores, financiadores y alimentadores. Autonomía, que le permite no sólo pervivir, sino que también existir y regenerarse creativamente exponencialmente. La corrupción es la señora que en cada lugar y momento histórico luce no sólo nuevos y variados disfraces, sino cada vez sus mejores disfraces, de tal forma que a la persona común y corriente, le cueste distinguir y diferenciar entre un comportamiento que es corrupto y corruptor de uno que no lo es.

En el vaivén de determinación e indeterminación, la corrupción siendo una producción humana (individual, grupal, institucional, nacional y global) de altos quilates, va cobrando progresivamente y también en una forma vertiginosa, que va superando la velocidad de la luz, la capacidad de destruir no sólo a sus creadores (individuales, grupales, institucionales, nacionales o globales), sino que también, la vida humana, es decir, ha ido cobrando o adquiriendo la capacidad de acelerar, el terrorífico fenómeno o acontecimiento del fin del mundo, que no es más ni nada menos que el fin de la vida humana misma.

Baró (1989) sostiene que el poder tiene tres elementos, ellos son: se da en las relaciones sociales, se basa en la posesión de recursos y produce un efecto en la misma relación social, entonces dado que ineludiblemente la corrupción es consecuencia de las aspiraciones enfermizas de poder de todo tipo, también la corrupción se expresa en esos tres elementos, es decir, en primer lugar, la corrupción se manifiesta en las relaciones entre humanos y entre grupos sociales, en segundo lugar el corruptor tiene algo que otras personas necesitan, y que son sujetos potenciales o victimas de someterse al corruptor y caer en la trampa de la corrupción, y en tercer lugar, el corruptor y el que cae en la trampa de la corrupción, modifica la forma como se relaciona con los demás.

El fenómeno de la corrupción, como torbellino que se mueven en espiral ha fascinado a contaminadores ideológicamente de derecha como ideológicamente de izquierda, enalteciendo, la conciencia de los primeros y corroyendo la conciencia de los segundos.

Enalteciendo la conciencia de los primeros, porque sus conciencias y ellos en su totalidad por naturaleza histórica, se han conformado y consolidado como corruptores y degradadores de la naturaleza, de la dignidad e integridad humana. Corroyendo la conciencia de los segundos, porque sus bases ideológicas y morales iniciales, constituidas muchas veces en las batallas revolucionarias contra el imperialismo y contra la injusticia social y fortalecidos por la teoría marxista, vendieron al mejor postor como Judas Iscariote, por unos cuantos dólares, lo más humano de un revolucionario, su dignidad y su integridad. Y como sostiene Silvio Rodríguez (s.f.):”Personalmente no soporto a los cambiacasacas fervorosos; esos arrepentidos con sus cursitos de marxismo más papistas que el papa y ahora son su reverso”. Es decir, son traidores, que ahora lejos de combatir la injusticia y la corrupción estructural con las armas y con la verdad, se suman al fortalecimiento y avivamiento de la injusticia, impulsando la mentira y la corrupción, que son dos hermanas inseparables en el aplastamiento de la dignidad e integridad humana.

Y si gente combatiente, forjados revolucionariamente en la universidad del sufrimiento del pueblo, consolidados en los campos de batalla revolucionaria y orientados por el estandarte del marxismo, vendieron sus convicciones, con más facilidad lo hacen aquellos bocones oportunistas que se hacen llamar revolucionarios y comunistas sólo del diente al labio, que como gusanos, orugas, garrapatas, serpientes, aves de carroña han minado, la sociedad mundial, nacional e institucional.

Como orugas, como gusanos, como garrapatas, como serpientes, como aves de rapiña han ido cercenando los ideales y aspiraciones que más le han costado a la humanidad entera, a las generaciones pasadas de auténticos revolucionarios que entregaron lo más sagrado de un ser humano la vida con dignidad e integridad en aras de mayores dosis de libertad y de una liberación progresiva y permanente. Como un zoológico de termitas han ido haciendo de la vida de la sociedad mundial, de la sociedad nacional, de la comunidad, y en la vida de las instituciones una especie de valle de la muerte.

Valle dela muerte, porque al corroer progresiva y continuamente los ideales, los sueños y aspiraciones de libertad y de liberación de las personas, de las instituciones, de los pueblos y de las naciones, las van asesinado social y espiritualmente, las han convertido en especies de cementerios donde se entierra la espiritualidad, donde se generan cadáveres sociales.

Es válido preguntarse en y ante ese Valle de la Muerte, ante ese cementerio espiritual ¿Qué hacen las instituciones de educación superior ante ese acelerado proceso de deterioro del entramado social provocado por la corrupción en su determinación e indeterminación? o ¿Si las instituciones de educación superior como las universidades donde por exigencia de su naturaleza se produce o debería producirse pensamiento crítico y creativo, estarán libres y liberadas de la corrupción y de sus efectos? ¿O serán también ellas productoras de corrupción y de corruptos-corruptores?

Con respecto a la primera pregunta, lamentablemente muy pocas instituciones universitarias, en el caso de El Salvador, no sé en las universidades de los demás países de América Latina, se esfuerzan por producir conocimiento científico y filosófico desprendido de la realidad nacional que les circunda, saberes que han ido orientados como diría Ellacuría (2001) a preguntarse por la realidad y por el sentido de la realidad y que a la vez sirva dicho conocimiento para impedir que la ideología sustituya a la realidad, ya que sustituyéndola la encubre y la falsifica como lo sostenía Marx citado en Baró (2008). Al posibilitar que la realidad ocupe el puesto de primariedad que debe ocupar en relación con la ideología y con todas las formas de subjetividad, las instituciones como la universidad van contribuyendo como lo dirían tanto Ellacuria como Martin Baró a desideologizar los procesos ocultadores de la realidad real. De hecho una de las tantas propiedades y al a vez funciones de la corrupción es encubrir, deformar y manipular la realidad en favor de los corruptores institucionales, estructurales nacionales y mundiales.

Con respecto a la segunda pregunta, es necesario destacar que para que una universidad cumpla su función de acuerdo a su naturaleza, además de ser escenario de ciencia y filosofía, debe liberarse ella misma de las cadenas que le impone la corrupción, que le imponen los corruptores, aclarando también que hay instituciones universitarias cuya naturaleza no es producir conocimiento científico, ni filosófico, sino simplemente formar profesionales que se enrosquen en el engranaje de la maquinaria funcional del sistema imperante de dominación, como también hay otras instituciones universitarias que si producen conocimiento científico y filosófico pero orientado a justificar la naturaleza caníbal del sistema social existente.

Con respecto a la tercera pregunta, ¿serán las universidades escenarios donde también se produce corrupción y corruptos-corruptores?, la forma como se contesta esta pregunta depende de la práctica de cada universidad como universidad, es decir, en la medida que la universidad se enfile no sólo a formar comprometidos y capacitados profesionales sino que también a producir conocimiento científico y filosófico que no sólo explique la realidad, sino que contribuya desde su naturaleza a posibilitar la liberación de la humanidad y del pueblos en la cual se encuentra inserta, en esa medida está combatiendo la corrupción a su interior y a su exterior, si por el contrario la universidad se dedica sólo a formar profesionales que se engranen en la lógica del sistema económico y social existente, o si además de formar profesionales bajo esta lógica, se dedica a producir conocimiento científico y filosófico que obedezca a los intereses de la minoría dominante y mayoritariamente corruptora, en este sentido y en esta dirección tal universidad o universidades, no hay duda que son promotoras a su interior y a su exterior de la corrupción y de corruptos hábiles para vivir de la corrupción y hábiles también para corromper a otros.

 

Continuará…

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