Brevísima historia de la ONU (Parte II)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)
 
By BetotroniK

Tras el fracaso ante el Senado que desaprobó el ingreso de Estados Unidos en la Sociedad de Naciones y vetó el Tratado de Versalles, solía afirmarse que el presidente Woodrow Wilson había ganado la guerra y perdido la paz. Tal vez tengan razón quienes creen que el haber marginado a la principal potencia mundial de eventos como la invasión de Etiopía, el Pacto de Munich (1938), la anexión de Austria (Anschluss) de una parte y las invasiones a Finlandia y Polonia por la Unión Soviética de la otra, aventaron la guerra.

Debido al desarrollo de la técnica y el armamento, a la táctica nazi, la abrumadora superioridad económica y militar de Alemania; así como la entraña criminal del fascismo, la II Guerra Mundial comenzó de modo avasallador y relampagueante; ningún país europeo ni todos juntos podían equilibrar el poder económico y militar de Alemania que añadía a la fuerza militar el fanatismo, la xenofobia, el racismo y otros componentes ideológicos desconocidos desde la época de las Cruzadas.

Ante la opulencia de la invasión nazi que, como un efecto dominó barrió las democracias y monarquías europeas hasta ser contenida por la Unión Soviética cuyo poderío, determinación y vasta retaguardia convirtieron la agresión en Guerra Patria que sirvió de escudo para contener el desborde nazi, hasta que llegara la demorada reacción de Estados Unidos.

Empujadas por una fuerza temible que atacaba a la vez al liberalismo y al comunismo, la democracia y la fe cristiana; Europa, Estados Unidos y la Unión Soviética y con ellos la humanidad, parecieron madurar y comprender que la fuerza y la guerra no eran el camino, ni la paz podía ser concebida como un tregua entre una y otra matanza. Nació así la coalición antifascista, verdadera base de un ideal de convivencia y seguridad internacional y comenzaron los trabajos para la creación de la ONU.

Asumidos como validos los 14 Puntos de Wilson y la Sociedad de Naciones, la cronología para la creación de la ONU suele comenzar con la Declaración del Palacio de St. James (San Jaime) derivada de una conferencia celebrada en Londres, en fecha tan temprana como junio de 1941, en la cual los gobiernos en el exilio de nueve países: Bélgica, Checoslovaquia, Grecia, Luxemburgo, Holanda, Noruega, Polonia, Yugoslavia y Francia (De Gaulle) que junto a representantes de: Gran Bretaña, Canadá, Australia, Nueva Zelandia y Sudáfrica, bajo los bombardeos nazis a la capital británica, aun cuando la victoria no sólo estaba lejano sino que no era aun una certeza, emitieron una declaración en la cual, con infinita fe en la victoria subrayaron:

“La única base cierta de una paz duradera radica en la cooperación voluntaria de todos los pueblos libres que, en un mundo sin la amenaza de la agresión, puedan disfrutar de seguridad económica y social […] Nos proponemos trabajar, juntos y con los demás pueblos libres, en la guerra y en la paz, para lograr este fin”

Dos meses después, el 14 de agosto de 1941, el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt y el Primer Ministro británico Winston Churchill, a bordo de un buque de guerra, frente a las costas de Terranova, suscribieron la Carta del Atlántico, que luego sería conocida como “Declaración de la Naciones Unidas y suscrita por 26 Estados que formaron el núcleo de la coalición antifascista liderada por Estados Unidos, la Unión Soviética y Gran Bretaña. Nunca se elogiará suficientemente aquel documento que sirvió de base a otro de excepcional significado histórico: la Carta de la ONU.

En 1943, trabajando ya en firme en las ideas básicas para dar forma orgánica a un sistema de seguridad colectiva, hubo una serie de conferencias y trabajos conjuntos en varias ciudades donde expertos norteamericanos, soviéticos, británicos, latinoamericanos, chinos y canadienses se reunían para intercambiar ideas que los líderes de entonces perfilaban mediante una abundante correspondencia. El más importante de aquellos encuentros fue el efectuado en Moscú en 1943 que precedió a la Cumbre de Teherán.

Desafiando condiciones de precaria seguridad, en octubre de 1943, Roosevelt, Stalin y Churchill y sus respectivos asesores políticos y militares se desplazaron hasta Teherán (entonces un nido de espías y saboteadores nazis) para personalmente, revisar los trabajos en marcha y adoptar acuerdos políticos que permitieran a los expertos continuar su labor.

La más deliciosa anécdota de aquel encuentro es que la seguridad de Stalin logró convencer al Servicio Secreto que la vida de Roosevelt corría peligro y que el único lugar seguro para el presidente estadounidense era la embajada soviética, donde por fin se alojó; otras versiones creen que lo hizo para evitar desayunar todos los días con Churchill.

El caso fue que entonces hubo valentía, altura y limpieza política para deponer objeciones circunstanciales, entre ellas los prejuicios ideológicos que estorban a las concertaciones políticas en lugar de favorecerlas, para asumir las tareas históricas del momento.

En cualquier caso la Cumbre de los Tres Grandes en Teherán dio luz verde a dos momentos estelares: los trabajos para abrir el Segundo Frente en Europa y la Conferencia de Dumbarton Oaks, Washington donde, representantes de 45 países, una Torre de Babel, integrada por casi todas las naciones libres de entonces, que no estaban comprometidas con el fascismo, redactaron la Carta de la ONU.

Luego les cuento esa magnífica anécdota que fue un debate tremendo. Allá nos vemos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.